lunes, 15 de diciembre de 2014

EL MUERTO AL HOYO Y EL VIVO AL BOLLO

Hoy, ya que se acerca una fecha de comilonas, quisiera hacer mención a un tipo de ritual que lleva con nosotros desde que el ser humano es ser humano y que aún conservamos: los ritos de comensalidad funerarios.

El análisis de distintos yacimientos a lo largo de un amplio periodo de tiempo que abarca más de dos mil años de nuestra Historia ha hecho posible constatar el hecho de que los rituales de comensalidad, y en especial los relacionados con el mundo funerario, se han producido desde los inicios de la Prehistoria.
Mientras los patrones de enterramiento, las creencias y la sociedad fueron cambiando y evolucionando; este ritual se ha mantenido, con algunas variaciones en su modo de realizarlo, como un fósil ideológico dentro de un pensamiento común a casi todas las culturas.
Con los datos de que disponemos podríamos aventurarnos ha hacer una reconstrucción ideal de cómo deberían haber sido estos rituales de comensalidad, y lo más importante, el porqué de éstos:
Con el fallecimiento de un miembro destacado de una comunidad de la Prehistoria Reciente, los lazos que unen a las distintas ramas de una sociedad jerarquizada, este vínculo entre ellos peligra. No solo ha de verse como un luto de la familia cercana, si no de un grupo más amplio que tenía en la figura del fallecido un referente ya fuera “político”, social, religioso o económico. Para hacer de toda la comunidad  un participante del ritual, debía disponerse de medios que hicieran del proceso de duelo un momento escenográfico único.
El sacrificio de animales, ya fueran de mayor o menos contenido cárnico o importancia dentro de su cultura y economía dependiendo de la capacidad o de la importancia del fallecido dentro de su comunidad, se debía realizar durante el proceso de inhumación o justo con posterioridad al sellado de la tumba. El banquete en honor al muerto sería un acto comunal en el que el compartir la carne del animal sacrificado, los guisos realizados, los cereales o las bebidas fermentadas que tan excepcionalmente debían usarse.
Con posterioridad a esta celebración, los restos empleados en este banquete, y que sin duda debían alcanzar una categoría distinta una vez realizado el ritual, ocuparían su lugar junto al muerto, o señalizando su tumba. Ya sabemos que muchos de los recipientes cerámicos usados en este tipo de ceremonias se ha podido constatar que fueron rotos intencionalmente, poniendo énfasis en el uso excepcional de los mismos. Parte de los animales sacrificados serían depositados en la tumba, quizá como alimento en el más allá, o como representación de un ritual de respeto al difunto.
La comensalidad es una particular forma de ritual en la que la comida y la bebida constituyen el medio de expresión y el consumo constituye el lenguaje simbólico del cual participa la comunidad o los grupos asociados al difunto. Éste es un ritual lleno de significados. La comida es importante para estructurar el tiempo y las relaciones sociales, formando y reproduciendo identidades, forjando relaciones de poder, de género y edad.
Ésta se pudo haber empleado como principales dominios de acción política y escenario de la representación y manipulación de las relaciones sociales. No hay que olvidar que sirven  para crear y mantener un sentido de comunidad y juega un rol de crear, definir y transformar las estructuras de poder.
Quien controla el ritual posee el medio para imponer su propia visión del orden social protegiéndola de otros medios de pensamiento. Como medio de constatación y transformación de poder. Pero no son abiertamente políticos.
Al menos una parte de los ajuares, tradicionalmente considerados como ofrendas, son el reflejo de prácticas en las que participa al menos una parte de la comunidad más que un acto ritual de carácter intimista. Parte de los ajuares, cerámicas y ofrendas cárnicas del contexto funerario como copas, cazuelas o cuencos, se encuentran realizadas en unas pastas muy depuradas, superficies muy bruñidas que dan un aspecto metálico y cocciones a bajas temperaturas hace imposible que implique un uso o manipulación continuada. Aunque también aparecen en contextos funerarios cerámicas que no prestan diferencias ni formales ni tecnológicas respecto a los conjuntos domésticos. Por lo que se suele asociar estas piezas más específicas y depuradas a las “clases más altas” de la sociedad.

Tras este banquete funerario la comunidad puede ver afianzado su lazo, si bien mostrando claramente las diferencias entre unos y otros grupos sociales, pero de una manera o de otra sintiéndose todos, parte de un conjunto.

Ahora, si alguien ha acudido a un funeral... ¿quién no ha ido después a tomarse algo con los amigos o la familia para estrechar lazos y compartir el dolor en grupo o recordar los buenos momentos del difunto?

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